Se hizo pobre para enriquecernos con su
pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)
No es menos preocupante la miseria moral, que
consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias
viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene
dependencia del alcohol, las
drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas
personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para
el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a
vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo,
lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad
respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria
moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que
también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual,
que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos
que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos
que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso.
Dios es el único que verdaderamente salva y libera. El Evangelio es el
verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano
está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal
cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente,
siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor
nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es
hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el
tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar
esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir
e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor
con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con
valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana. Queridos hermanos
y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y
solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral
y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del
Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos
hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos
enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y
nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer
a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no
sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna
que no cuesta y no duele.
Que el Espíritu Santo, gracias al cual
«[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo
todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la
atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos
misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración
por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el
camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la
Virgen os guarde